animadversión contra el señor Neville Landless, a raíz de su furiosa conducta en aquella primera ocasión. Usted sabe que vine a verle, sumamente aprensivo en nombre de mi querido muchacho, debido a su violencia desquiciada. Usted sabe que incluso anoté en mi diario, y le mostré la anotación, que abrigaba sombríos presentimientos contra él. El señor Grewgious debe estar al tanto de todo el asunto. No dejaré, por ocultación mía alguna, que se le informe de una parte y se le mantenga en la ignorancia de otra. Deseo que tenga la amabilidad de comprender que la comunicación que me ha hecho ha influido esperanzadoramente en mi ánimo, a pesar de que, antes de que ocurriera este misterioso acontecimiento, estaba profundamente prevenido contra el joven Landless.
Esta justicia inquietaba mucho al Canónigo Menor. Sentía que él no era tan transparente en sus propios tratos. Se reprochaba con dureza el haber ocultado, hasta el momento, los dos puntos relativos a un segundo estallido fuerte de mal genio contra Edwin Drood por parte de Neville, y a la pasión de los celos que, según le constaba con certeza, había ardido en el pecho de Neville contra él.
Estaba convencido de la inocencia de Neville en cualquier aspecto de la desagradable desaparición; y, sin embargo, tantas pequeñas circunstancias se acumulaban de manera tan funesta en su contra, que temía añadir dos más a su peso acumulativo.
Era uno de los hombres más leales; pero había estado sopesando en su mente, con gran angustia para esta, si ofrecerse a contar voluntariamente estos dos fragmentos de verdad en ese momento no equivaldría a armar una falsedad en lugar de la verdad.
Sin embargo, tenía un modelo ante sí. No dudó más. Dirigiéndose al señor Grewgious como a alguien investido de autoridad por la revelación que había aportado al misterio (y el señor