Ambos en su mejor momento
El establecimiento de la señorita Twinkleton estaba a plomo de sumirse en un apacible silencio. Se acercaban las vacaciones de Navidad.
Lo que antaño, y no en un pasado muy lejano, había sido llamado —incluso por la erudita señorita Twinkleton misma— «el semestre», pero que ahora se denominaba, por ser más elegante y estrictamente colegial, «el trimestre», expiraba al día siguiente.
Una relajación perceptible de la disciplina había imperado durante los últimos días en la Casa de las Monjas.
- Se habían celebrado cenas clandestinas en los dormitorios, y una lengua ahumada había sido partida con un par de tijeras y pasada de mano en mano con las tenazas de rizar.
- Asimismo, se habían distribuido porciones de mermelada en una vajilla de platos hechos con papeles de rizos; y se había trasegado vino de viborera del pequeño vaso graduado y rechoncho en el que la pequeña Rickitts (una alumna de menor edad y débil constitución) tomaba a diario sus gotas de hierro.
- Se había sobornado a las sirvientas con varios retazos de cinta y diversos pares de zapatos, más o menos pisados del talón, para que no mencionaran las migas en las camas; los atuendos más vaporosos se habían lucido en estas ocasiones festivas; y la atrevida señorita Ferdinand había llegado a sorprender a la concurrencia con un alegre solo de peine y papel de rizo, antes de ser sofocada en su propia almohada por dos verdugos de cabellera suelta.