—¡Dios te bendiga, Dios te bendiga, Sept —replicó la anciana—, no ves el contexto! Devuélvemelo, querido.
Contento de quitarse los anteojos (pues siempre le hacían llorar los ojos), su hijo obedeció: murmurando que su vista para leer manuscritos empeoraba más y más cada día.
—«“Escribo”, —prosiguió su madre, leyendo con mucha claridad y precisión—, “desde el sillón al que probablemente estaré confinado durante algunas horas”».
Septimus miró la hilera de sillas contra la pared, con una expresión media protestante y media suplicante.
—«Tenemos —leyó la anciana con un leve énfasis adicional— una reunión de nuestro Comité Compuesto de Jefes Convocados de Filántropos Centrales y de Distrito, en nuestro Refugio Principal tal como se indicó arriba; y es su placer unánime que yo ocupe la presidencia».
Septimus respiró con más libertad y murmuró: «¡Oh!, si llega a eso, que lo haga».
«Para no perder la correspondencia del día, aprovechan la ocasión en que se lee un largo informe para denunciar a un malhechor público...»
—Es una cosa extraordinaria —interpuso el apacible Canónigo Menor, dejando a un lado el cuchillo y el tenedor para frotarse la oreja con gesto contrariado—, que estos filántropos siempre estén denostando a alguien. ¡Y otra cosa extraordinaria es que siempre vayan tan sobrados de malhechores!
—«Denunciar a un malhechor público...» —continuó la anciana—, «para quitarme de encima nuestro pequeño asunto de negocios. He