de compartir, el veinticinco, un pavo hervido con salsa de apio con un... con un empleado particularmente anguloso que tengo la buena fortuna de poseer, cuyo padre, al ser un granjero de Norfolk, me lo envía (el pavo), a modo de regalo, desde las cercanías de Norwich. Estaría muy orgulloso de que desearas verme, querida mía. Como recaudador profesional de alquileres, son tan pocas las personas que desean verme, que la novedad me resultaría estimulante.
Por su pronta aquiescencia, la agradecida Rosa le puso las manos en los hombros, se puso de puntillas y lo besó al instante.
—¡Dios me bendiga! —exclamó el señor Grewgious—. ¡Gracias, querida mía! El honor es casi igual al placer. Señorita Twinkleton, señora, he tenido una conversación de lo más satisfactoria con mi pupila, y ahora la liberaré a usted de la incomodidad de mi presencia.
—No, señor —replicó la señorita Twinkleton, levantándose con graciosa condescendencia—: no diga estorbo. En absoluto. No puedo permitirle que diga tal cosa.
—Gracias, señora. He leído en los periódicos —dijo el señor Grewgious, tartamudeando un poco— que cuando un