Y luego volvieron a estrecharse las manos muy cordialmente otra vez.
—Imaginen —exclamó el señor Crisparkle con los ojos brillantes—: la señorita Rosa Bud y el señor Grewgious, imaginen al señor Tartar, cuando era el más pequeño de los novatos, lanzándose a bucear por mí, agarrándome a mí, un alumno mayor, grande y pesado, por los pelos de la cabeza, ¡y braceando hacia la orilla conmigo como un gigante del agua!
—¡Imagina que no lo hubiera dejado hundirse, siendo yo su criado! —dijo el señor Tartar—. Pero como la verdad es que era mi mejor protector y amigo, y me hizo más bien que todos los maestros juntos, un impulso irracional se apoderó de mí para sacarlo a flote, oirme ir a pique con él.
—¡Ejem! Permítame, señor, tener el honor —dijo el señor Grewgious, avanzando con la mano extendida—, pues verdaderamente considero que es un honor. Estoy orgulloso de hacer su abultada... de hacer su conocimiento. Espero que no se haya enfriado. Espero que no le haya causado inconveniente tragar tanta agua. ¿Cómo ha estado desde entonces?
De ningún modo era evidente que el señor Grewgious supiera lo que decía, si bien era muy evidente que tenía la intención de decir algo sumamente amistoso y agradecido.
Si el Cielo —pensó Rosa— hubiera enviado semejante valor y destreza en auxilio de su pobre madre! ¡Y pensar que él era tan delgado y joven entonces!
—No deseo recibir cumplidos por ello, se lo agradezco; pero creo que tengo una idea —anunció el señor Grewgious, tras dar un trotecillo o dos por la habitación, tan inesperado e inexplicable que todos lo habían mirado fijamente, dudando si se estaba ahogando o le había dado un calambre—: creo que tengo una idea. ¿Tengo entendido que he tenido el