salubre, no hemos tenido motivo para lamentar nuestra ausencia de la antigua ciudad y del metódico hogar en el que hasta ahora ha transcurrido la tranquila rutina de nuestro destino.
“Sí creí oportuno mencionarle a mi cocinera —observó la Billickin con un derroche de franqueza—, lo cual espero que usted convenga conmigo, señorita Twinkleton, en que fue una prudente precaución, que, dado que la joven estaba acostumbrada a lo que aquí consideraríamos una dieta más bien pobre, era mejor ir introduciéndosela gradualmente. ¡Pues un paso repentino de la alimentación escasa a la generosa, y de lo que se puede llamar desorden a lo que se puede llamar método, requiere una fortaleza de constitución que no se halla a menudo en la juventud, en particular cuando está minada por el internado!”.
Se verá que la Billickin se declaraba ahora abiertamente en contra de la señorita Twinkleton, a quien consideraba, por pleno convencimiento, su enemiga natural.
—Tus observaciones —replicó la señorita Twinkleton, desde una remota eminencia moral— están bien intencionadas, no me cabe duda; pero me permitirás observar que revelan una perspectiva errónea del asunto, la cual solo puede atribuirse a tu extrema falta de información precisa.
—Mi informiación —replicó la Billickin, añadiendo una sílaba suplementaria con el fin de imprimirle un énfasis a la vez educado y contundente—, mi informiación, señorita Twinkleton, fue mi propia experiencia, la cual creo que suele considerarse una buena guía. Pero sea así o no, a mí me metieron de joven en un internado muy distinguido, siendo la directora nada menos que una señora como usted, de más o menos su misma edad o quizás algunos años menor, y de la mesa brotó una anemia de sangre que ha marcado toda mi vida.