En ese momento entró el señor Crisparkle. Ante él, el señor Jasper repitió:
“Empiezo a creer posible que haya desaparecido por su propia voluntad, y que aún esté vivo y bien.”
El señor Crisparkle tomando asiento y preguntando: —¿Por qué lo dice?
El señor Jasper repitió los argumentos que acababa de exponer. Si hubieran sido menos plausibles de lo que eran, la mente del buen canónigo menor habría estado preparada para recibirlos como exculpatorias de su desafortunado alumno.
Pero él también concedía realmente gran importancia a que el joven desaparecido se hubiera hallado, de forma tan inmediata a su desaparición, en una relación nueva y embarazosa con todos los que conocían sus proyectos y asuntos; y el hecho le pareció que presentaba la cuestión bajo una nueva luz.
—Le manifesté al señor Sapsea, cuando fuimos a visitarlo —dijo Jasper, tal como en realidad lo había hecho—, que no hubo disputa ni desavenencia entre los dos jóvenes en su última reunión. Todos sabemos que su primer encuentro fue, por desgracia, muy poco amistoso; pero todo transcurrió con suavidad y tranquilidad la última vez que estuvieron juntos en mi casa. Mi querido muchacho no estaba con sus ánimos habituales; estaba deprimido —lo noté—, y de aquí en adelante me siento obligado a insistir tanto más en esa circunstancia, ahora que sé que había un motivo especial para su depresión: un motivo que, además, pudo haberlo inducido a ausentarse.
—¡Ruego al Cielo que así resulte! —exclamó el señor Crisparkle.
—¡Ruego al cielo que así sea! —repitió Jasper—. Usted sabe —y el señor Grewgious debería saberlo asimismo ahora— que cobré una gran