“Quizá, mi amor, puedas consultarle a la dueña de la casa si puede conseguirnos unos sesos de cordero fritos; o, a falta de eso, un pollo asado”.
A lo que la Billickin replicaba (no habiendo hablado Rosa ni una sola palabra): «Si estuviera más acostumbrada a la carne de carnicería, señorita, no abrigaría la ocurrencia de una fritada de cordero. En primer lugar, porque los corderos hace tiempo que son ovejas, y en segundo lugar, porque existen los días de matanza y los días que no. En cuanto a los pollos asados, señorita, pues debe de estar más que empachada de pollos asados, por no hablar de que usted compra, cuando hace la compra para sí misma, las aves más ancianas y de patas más escamosas, talmente como si estuviera acostumbrada a elegirlas por lo baratas. Pruebe con un poco de inwención, señorita. Acostúmbrese un poco a las faenas de la casa. Venga ya, piense en otra cosa».
A este estímulo, ofrecido con la indulgente tolerancia de un sabio y liberal experto, la señorita Twinkleton replicaba, enrojeciendo:
“O, querida mía, podrías proponerle a la persona de la casa un pato”.
—¡Vaya, señorita! —exclamaba la Billickin (sin que Rosa dijera todavía una sola palabra)—, ¡me sorprende que hable de patos! Aparte de que ya van pasando de temporada y están muy caros, ¡me parte el corazón verla comer pato; porque la pechuga, que es lo único tierno de un pato, siempre va a parar a un sitio que no me explico cuál es, y su propio plato vuelve a bajar tan míseramente huesudo y escaso! Pruébe otra vez, señorita. Piense más en usted misma y menos en los demás. Un plato de mollejas, por ejemplo, o un trozo de cordero. Algo en lo que pueda tener las mismas oportunidades que los demás.
De vez en cuando el juego cobraba en verdad muchísima animación, y se mantenía con una agilidad que hacía que un encuentro como este pareciera de lo más soso.