—No coja la mala costumbre de fanfarronear —replica Durdles, con una severa y cautelosa inclinación de cabeza—. Acabará por dominarle.
—Estás de mal humor —reza Sapsea de nuevo; enrojeciendo, pero volviéndose a sentar con la compañía.
—Se lo reconozco —replica Durdles—; no me gustan las confianzas.
Mr. Sapsea le guiña un tercer guiño a la compañía, como quien dijera:
«Creo que convendréis conmigo en que le he cerrado la boca;»
y se retira de la controversia con paso majestuoso.
Durdles entonces da las buenas tardes al deán, y añadiendo, mientras se pone el sombrero: «Ya me encontrará en casa, señor Jarsper, tal como acordamos, cuando me necesite; me voy a casa a asearme», se aleja perezosamente hasta perderse de vista.
Este irse a casa a asearse es uno de los incomprensibles compromisos del hombre con los hechos implacables; él, su sombrero, sus botas y su ropa no muestran jamás rastro alguno de limpieza, sino que se hallan uniformemente en un mismo estado de polvo y arenilla.
El farolero que ahora salpica la tranquila plazuela cerrada con motitas de luz, y que sube y baja a toda velocidad por su pequeña escalerilla con ese propósito —su pequeña escalerilla bajo cuya sagrada sombra e incomodidad han crecido generaciones, y cuya abolición habría horrorizado a todo Cloisterham—, el deán se retira a cenar, el señor Tope a tomar el té y el señor Jasper a su piano.
Allí, sin más luz que la del fuego, se sienta a entonar música coral con voz baja y hermosa durante dos o tres horas; en suma, hasta que hace ya un rato que ha oscurecido y está a punto de salir la luna.