«¡Confunde su política! ¡Frustra sus truhanerías! ¿En Ti fijar sus esperanzas? ¡Condénalo de nuevo!»
Tras este extraordinario exabrupto, el señor Grewgious, fuera de sí, deambulaba por la habitación indeciso, al parecer, sobre si se hallaba en un ataque de leal entusiasmo o de combativa denuncia.
Se detuvo y dijo, secándose la cara:
«Te ruego que me disculpes, querida, pero te alegrará saber que me siento mejor. No me digas más por ahora, o podría hacerlo otra vez. Debes estar repuesta y animada. ¿Qué fue lo último que tomaste? ¿Desayuno, almuerzo, comida, once o cena? ¿Y qué tomarás a continuación? ¿Será desayuno, almuerzo, comida, once o cena?».
La tierna y respetuosa solicitud con que, arrodillado ante ella, la ayudó a quitarse el sombrero y a desenredar de él su bonito cabello, resultaba todo un espectáculo caballeresco. Y, sin embargo, ¿quién, que