apartamento destinado al estudio», y exclamando con aire forense: «¡Señoritas!», todas se pusieron en pie. La señora Tisher se agrupó al mismo tiempo a espaldas de su superiora, en calidad de primera amiga histórica de la reina Isabel en el fuerte de Tilbury. La señorita Twinkleton procedió entonces a señalar que la Fama, señoritas, había sido representada por el bardo de Avon —innecesario sería mencionar al inmortal Shakespeare, llamado también el Cisne de su río natal, no improbablemente con cierta referencia a la antigua superstición de que dicha ave de plumaje gracioso (la señorita Jennings tenga a bien mantenerse erguida) cantaba dulcemente ante la proximidad de la muerte, para lo cual no poseemos autoridad ornitológica alguna—, la Fama, señoritas, había sido representada por dicho bardo —¡ejem!—
“quién pintó Al célebre judío,”
como pintada llena de lenguas. La Fama en Cloisterham (la señorita Ferdinand me honrará con su atención) no fue una excepción al retrato que el gran pintor hizo de la Fama en otras partes. Un leve altercado entre dos jóvenes caballeros acaecido anoche a cien millas de estos pacíficos muros (la señorita Ferdinand, siendo al parecer incorregible, tendrá la gentileza de copiar esta tarde, en el idioma original, las cuatro primeras fábulas de nuestro vivaz vecino, monsieur La Fontaine) había sido grotescamente exagerado por la voz de la Fama. En la alarma y la ansiedad iniciales surgidas de nuestra simpatía hacia una dulce joven amiga, no del todo ajena a uno de los gladiadores en la arena incruenta en cuestión (la incorrección de que la señorita Reynolds parezca apuñalarse la mano con un alfiler es demasiado obvia, y