Ahora bien, esto resultaba de lo más reconfortante. He aquí a un caballero de gran, por no decir grandioso, empaque, acostumbrado al rango y a la dignidad, que estaba dando en verdad un magnífico ejemplo de cómo comportarse ante un alcalde. Había algo en ese estilo de dirigirse a uno en tercera persona que el señor Sapsea encontraba sumamente halagador para sus méritos y su posición.
—Pero suplico que se me perdone —dijo el señor Datchery—. Su Señoría el alcalde tendrá a bien disculparme si por un momento me he dejado engañar ocupando su tiempo, y he olvidado las humildes exigencias que conmigo tiene mi propio hotel, el Crozier.
—De ningún modo, caballero —dijo el señor Sapsea—. Voy de regreso a casa, y si le apetece ver el exterior de nuestra catedral de camino, me encantará mostrársela.
—Su Señoría el alcalde —dijo el señor Datchery— es más que amable y benévolo.
Como el señor Datchery, una vez hechas sus cortesías al señor Jasper, no se dejó convencer de salir de la habitación antes que Su Señoría, Su Señoría abrió el camino hacia la planta baja; el señor Datchery le siguió con el sombrero bajo el brazo y su melena de pelo blanco ondeando en la brisa vespertina.
—¿Podría preguntarle a Su Señoría —dijo el señor Datchery— si ese caballero al que acabamos de dejar es el caballero de quien he oído hablar en el vecindario como muy afligido por la pérdida de un sobrino, y por concentrar su vida en vengar dicha pérdida?
—Ese es el caballero. John Jasper, señor.
“¿Me permitiría Su Señoría preguntar si hay sospechas firmes contra alguien?”