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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XXII. Se avecina un estado de cosas espinoso

Habiendo resultado esto también satisfactorio, el señor Grewgious se retiró a una ventana con Rosa para cambiar unas pocas palabras de consulta y, pidiendo a continuación pluma y tinta, bosquejó un par de líneas a modo de acuerdo. Entretanto, la señora Billickin tomó asiento y expuso una especie de índice o resumen de la cuestión general.

—Cuarenta y cinco chelines por semana al mes seguro por estas fechas del año —dijo la señora Billickin—, es solo razonable para ambas partes. No es Bond Street ni tampoco el Palacio de St. James; pero tampoco se pretende que lo sea. Tampoco se intenta negar —pues, ¿por qué habría de hacerse?— que el Arco da a unas caballerizas. Las caballerizas tienen que existir.

Respecto al servicio, se mantienen dos, con salarios liberales. Han surgido palabras en cuanto a los tenderos, pero las botas sucias sobre la piedra de hogar recién fregada fueron imputadas, y no hay deseo de comisión en sus encargos. El carbón se paga ya sea junto al fuego, o por el balde.

Enfatizó las preposiciones como marca de una diferencia sutil pero inmensa.

—Los perros no se ven con buenos ojos. Además de la suciedad, se los roban, y las sospechas compartidas tienden a colarse, y ocurren desagrados.

Llegados a este punto, el señor Grewgious ya tenía preparadas sus líneas de contrato y sus arras.

—Lo he firmado en nombre de las señoras, señora —dijo—, y usted tendrá la amabilidad de firmarlo por sí misma, nombre y apellido, ahí, si le parece bien.

—Señor Grewgious —dijo la señora Billickin en un nuevo arranque de franqueza—, ¡no, señor! Debe usted disculpar el nombre de pila.

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