—Todavía sigue detrás de nosotros —repite Jasper, mirando por encima del hombro—; ¿va a seguirnos?
—No podemos evitar pasar junto al Travellers’ Twopenny si vamos por el atajo, que es el camino trasero —contesta Durdles—, y lo dejaremos allí.
Así prosiguen; Deputy, como soldado de última fila que abre filas, y atentando contra el silencio de la hora y del lugar a pedradas contra cada muro, poste, pilar y cualquier otro objeto inanimado del desierto camino.
—¿Hay algo nuevo allá abajo en la cripta, Durdles? —pregunta John Jasper.
—Cualquier cosa vieja, supongo que querrás decir —gruñe Durdles—. No es un lugar para novedades.
—Me refería a algún nuevo descubrimiento por tu parte.
“Hay uno viejo debajo del séptimo pilar a la izquierda según se baja por los escalones rotos de la pequeña capilla subterránea que antes solía ser; según alcanzo a ver (hasta donde lo he alcanzado a ver todavía), resulta ser uno de esos viejos con báculo.
A juzgar por el tamaño de los pasadizos en las paredes, y de los escalones y las puertas, por los que venían e iban, ¡esos báculos debían de estorbarle un buen cacho a los viejos! Si dos de ellos se encontraban por casualidad, se habrían enganchado el uno al otro con la mitra muy a menudo, diría yo”.
Sin intentar corregir la literalidad de esta opinión, Jasper examina a su compañero —cubierto de la cabeza a los pies de argamasa vieja, cal y arenisca— como si él, Jasper, estuviera sintiendo un interés romántico por aquella extraña vida.