A lo cual el desafortunado Canónigo Menor miraría, en parte indignado y en parte perplejo; mientras su digna madre se sentaba muy envarada, con lágrimas en los ojos, y el resto del grupo caía en una especie de estado gelatinoso, en el que no había sabor ni solidez, y muy poca resistencia.
Pero el torrente de filantropía que brotó cuando la partida del señor Honeythunder empezó a avecinarse, debió de ser sumamente gratificante para los sentimientos de aquel distinguido caballero.
Su café fue servido, gracias a la especial diligencia del señor Tope, una hora entera antes de que lo pidiera. El señor Crisparkle se sentó con el reloj en la mano durante más o menos el mismo tiempo, temeroso de que se le pasara la hora. Los cuatro jóvenes coincidieron unánimemente en creer que el reloj de la Catedral dio tres cuartos, cuando en realidad solo dio uno. La señorita Twinkleton calculó que la distancia hasta el ómnibus era de veinticinco minutos a pie, cuando en realidad eran cinco.
La afectuosa bondad de todo el círculo lo metió a empujones en su gabán y lo arrojó a la luz de la luna, como si fuera un traidor fugitivo con el que simpatizaban y hubiera un escuadrón de caballería a la puerta trasera. El señor Crisparkle y su nuevo protegido, que lo acompañaron al ómnibus, demostraron un celo tan ferviente ante el temor de que se enfriara, que lo encerraron en él al instante y lo dejaron allí, con todavía media hora de margen.