—Oí una vez que decías —croa en voz baja—, oí una vez que decías, cuando yo estaba tumbada donde tú estás tumbado, y hacías tus conjeturas sobre mí: «¡Ininteligible!». Te oí decirlo, de dos más aparte de mí. ¡Pero no estés siempre tan seguro; no estés tan seguro, belleza!
Con los ojos muy abiertos, como los de un gato y llenos de atención, añade al poco:
“¿No tan potente como antes? ¡Ah! Quizá no al principio. Puede que ahí tengas más razón. La práctica hace al maestro. Puede que yo haya aprendido el secreto para hacer que hables, cariño”.
No habla más, ni sí ni no. Contrayéndose de manera fea de vez en cuando, tanto en el rostro como en las extremidades, yace pesado y silencioso.
La mísera vela se consume; la mujer toma el cabo agonizante entre sus dedos, enciende otra con él, empuja el trozo chisporroteante y grasiento hasta el fondo del candelabro y lo encaja a golpes con la nueva vela, como si estuviera cargando un arma de brujería maloliente e indecorosa; la nueva vela a su vez se consume; y él sigue yaciendo insensible.
Por fin se apaga lo que queda de la última vela, y la luz del día se asoma a la habitación.
No ha transcurrido mucho tiempo, cuando él se incorpora, fríamente entumecido y tembloroso, recupera lentamente la conciencia de dónde está y se dispone a partir.
La mujer recibe lo que él le paga con un agradecido «¡Bendito seáis, bendito seáis, querido!», y parece, agotada, empezar a prepararse para dormir mientras él abandona la habitación.
Pero la apariencia puede ser falsa o verdadera. En este caso es falsa; pues, en el momento en que las escaleras han dejado de crujir bajo sus