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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XIII. Ambos en su apogeo

y último lote que ha quedado atrás, y pujen con un espíritu digno de la ocasión!». Luego la calle sosegada, insólitamente chispeante, juvenil y fresca durante unos momentos ondulantes, se quedó vacía, y Cloisterham volvió a ser la de siempre.

Si Rosa en su cenador esperaba ahora la llegada de Edwin Drood con el corazón inquieto, Edwin, por su parte, también estaba inquieto.

Con mucha menos firmeza de propósito en su carácter que la infantil belleza, coronada por aclamación reina de las hadas del establecimiento de la señorita Twinkleton, él tenía conciencia, y el señor Grewgious la había herido.

Las firmes convicciones de aquel caballero sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal en un caso como el suyo no podían descartarse ni con el ceño fruncido ni con una carcajada. No se dejarían doblegar.

De no ser por la cena en Staple Inn, y de no ser por el anillo que llevaba en el bolsillo interior del abrigo, se habría dejado arrastrar hacia el día de su boda sin otra pausa para la reflexión sincera, confiando alegremente en que todo iría bien si se le dejaba en paz.

Pero aquel serio llamamiento a su lealtad hacia los vivos y los muertos le había hecho detenerse. O debía darle el anillo a Rosa, una u otra cosa, o tenía que recuperarlo.

Una vez abocado a este estrecho margen de acción, era curioso cómo empezó a considerar las exigencias que Rosa le planteaba de un modo más desinteresado de lo que jamás las había considerado antes, y a estar menos seguro de sí mismo de lo que jamás lo había estado en todos sus días de andar por casa.

«Me dejaré guiar por lo que ella diga y por cómo nos llevemos», fue su decisión mientras caminaba desde la

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