No admito en absoluto que el descubrimiento sea tuyo, y no tengo ni un ápice de fe en tu remedio. ¡De nuevo, tu recurso de tribuna de presentarme regodeándome en los horrores de un campo de batalla como un demonio encarnado!
Otra vez, en otra de vuestras indiscriminadas arremetidas desde el estrado, castigaríais a los sobrios por los borrachos. ¡Reclamo consideración para la comodidad, la conveniencia y el refrigerio de los sobrios, y vosotros enseguida proclamáis desde el estrado que tengo el depravado deseo de convertir a las criaturas del Cielo en cerdos y fieras salvajes!
En todos esos casos, vuestros proponentes, vuestros segundos y vuestros partidarios —vuestros Profesores habituales de todos los grados— se vuelven locos como malayos enloquecidos; atribuyendo habitualmente los móviles más bajos y viles con la mayor temeridad (permítame llamarle la atención sobre un caso reciente en usted mismo del que debería sonrojarse), y citando cifras que sabe que son tan intencionadamente parciales como lo sería el estado de cualquier cuenta compleja que fuera toda del Debe y nada del Haber, o toda del Haber y nada del Debe. Por eso es, señor Honeythunder, que considero la tribuna pública un ejemplo bastante malo y una escuela bastante mala, incluso en la vida pública; pero mantengo que, llevada a la vida privada, se convierte en una molestia insoportable.
—¡Son palabras fuertes, señor! —exclamó el Filántropo.
—Eso espero —dijo el señor Crisparkle—. Buenos días.
Salió del Refugio a toda velocidad, pero pronto adoptó su habitual paso ligero, y al poco tiempo llevaba una sonrisa en el rostro mientras caminaba, preguntándose qué habría dicho la pastora de porcelana si lo hubiera visto tundir aporreando al señor Honeythunder en el reciente y animado incidentillo.