—¡Por el amor de Dios —exclamó Neville—, no hagas eso! ¿A dónde va, señor Tartar? ¡Se va a hacer añicos!
—¡Todo en orden! —dijo el teniente, mirando con calma a su alrededor en la azotea—. Todo bien terso y en su sitio por aquí. Esos cabos y obenques quedarán aparejados antes de que salgan a cubierta por la mañana. ¿Puedo tomar este atajo a casa y darles las buenas noches?
—¡Señor Tartar! —suplicó Neville—. ¡Por favor! ¡Me da vértigo verle!
Pero el señor Tartar, con un gesto de la mano y la agilidad de un gato, ya se había descolgado por su escotilla de judías escarlata sin romper una sola hoja, y se había «ido a pique».
El señor Grewgious, con la cortina de la ventana de su dormitorio apartada con la mano, dio la casualidad de que en ese momento contempló las habitaciones de Neville por última vez aquella noche.
Por fortuna su vista se detuvo en la fachada de la casa y no en la parte trasera, o esta notable aparición y desaparición le habría quitado el sueño como un fenómeno.
Pero, como el señor Grewgious no vio nada allí, ni siquiera una luz en las ventanas, su mirada vagó de los cristales a las estrellas, como si quisiera leer en ellas algo que le estaba oculto.
Muchos de nosotros lo haríamos si pudiéramos; pero ninguno de nosotros conoce tan siquiera las letras de las estrellas todavía—ni parece probable que vayamos a hacerlo en este estado de existencia— y pocos idiomas pueden leerse antes de dominar sus alfabetos.