El azud corrió a través de su sueño interrumpido, toda la noche, y al salir el sol volvió a estar allí. Era una mañana brillante y helada. Toda la composición ante él, cuando se detuvo donde se había detenido la noche anterior, era claramente discernible en sus detalles más ínfimos. La había examinado de cerca durante unos minutos y estaba a punto de retirar los ojos, cuando estos se sintieron atraídos vivamente por un punto.
Le dio la espalda al Azud y miró a lo lejos, hacia el cielo y hacia la tierra, y luego volvió a mirar aquel único punto. Volvió a captar su atención de inmediato y concentró la vista en él. Ya no podía perderlo de vista, aunque no fuera más que una mota en el paisaje. Le fascinaba la mirada. Sus manos comenzaron a quitarse el abrigo. Pues se le ocurrió que en ese lugar —un rincón del Azud— brillaba algo que no se movía ni venía arrastrado por las relucientes gotas de agua, sino que permanecía estático.
Se aseguró de esto, se quitó la ropa, se precipitó en el agua helada y nadó hacia el lugar. Trepando por los maderos, sacó de ellos —atrapado entre sus rendijas por la cadena— un reloj de oro que llevaba grabado en el dorso: E. D.
Llevó el reloj a la orilla, volvió a nadar hasta la esclusa, la escaló y se tiró de clavado.
Conocía cada rincón y recoveco de todas las profundidades, y buceó y buceó y buceó, hasta que no pudo soportar más el frío. Su idea era encontrar el cuerpo; solo encontró un alfiler de corbata clavado en el fango y el cieno.
Con estos descubrimientos regresó a Cloisterham y, llevando consigo a Neville Landless, fue derecho a ver al alcalde. Mandaron llamar al señor Jasper, el reloj y el alfiler de corbata fueron reconocidos, Neville quedó detenido y la más desenfrenada locura y necedad de la mala fama se desató contra él.