En todas las fuentes públicas hay un gran fresco de pies descalzos, junto con mucho burbujeo y goteo al beber con la mano en el caño por parte de estos beduinos; mientras tanto, la policía de Cloisterham mira de reojo desde sus rondas con sospecha y manifiesta impaciencia de que los intrusos se marches de los límites cívicos y vuelvan a freírse en las carreteras hirvientes.
En la tarde de un día así, cuando ha concluido el último servicio de la catedral y ese lado de la Calle Mayor donde se alza la Casa de las Monjas se encuentra en una sombra agradecida —salvo allí donde su pintoresco y viejo jardín se abre hacia el oeste entre las ramas de los árboles—, un criado le anuncia a Rosa, para su terror, que el señor Jasper desea verla.
Si hubiera elegido el momento propicio para pillarla en desventaja, no lo habría hecho mejor. Tal vez lo haya elegido. Helena Landless se ha marchado, la señora Tisher está ausente con permiso, la señorita Twinkleton (en su estado de existencia aficionada) se ha sumado con su persona y un pastel de ternera a un pícnic.
—¡Ay, por qué, por qué, por qué dijiste que estaba en casa! —exclamó Rosa, con desesperación.
La criada responde que el señor Jasper nunca hizo la pregunta.
Que dijo que sabía que ella estaba en casa, y rogó que se le dijese que pedía verla.
“¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer?”, piensa Rosa, cruzando las manos.
Poseída por una especie de desesperación, añade en el aliento siguiente que irá a ver al señor Jasper al jardín. Se estremece ante la idea de quedarse encerrada con él en la casa; pero muchas de las ventanas de esta dan al jardín, y allí se la puede ver tanto