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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XI. A Picture and a Ring

Sin embargo, como un arbitraje soplara hacia él impulsado por un viento inexplicable, y él se granjeara gran fama en él como alguien infatigable en la búsqueda y práctica de la justicia, un nombramiento de Administrador judicial bastante lucrativo sopló a continuación en su bolsillo, empujado por un viento de origen más rastreable. Así, por casualidad, había encontrado su hueco. Convertido ahora en administrador y agente de dos ricos patrimonios, y delegando sus asuntos legales —por una suma nada despreciable— a un bufete de abogados en el piso de abajo, había sofocado su ambición (suponiendo que alguna vez la hubiera encendido) y se había instalado con sus apagafuegos por el resto de su vida bajo la seca vid y la higuera de P. J. T., plantada en mil setecientos cuarenta y siete.

Muchos libros de cuentas y registros, muchos archivadores de correspondencia y varias cajas de caudales adornaban la habitación del señor Grewgious. Difícilmente se podía decir que la abarrotaban, tan concienzuda y precisa era su ordenada disposición.

El temor a morir repentinamente y dejar un solo dato o una sola cifra con cualquier incompleción o oscuridad adherida a él habría fulminado al señor Grewgious en cualquier momento.

La más absoluta fidelidad a una encomienda era la razón de ser de aquel hombre. Hay clases de savia vital que fluyen más aprisa, con más alegría, de un modo más atractivo; pero no hay mejor clase en circulación.

No había lujo en su habitación. Incluso sus comodidades se reducían a que era seca y cálida, y a que contaba con una acogedora aunque descolorida chimenea. Lo que podría llamarse su vida privada se limitaba al hogar, a un sillón orejero y a una mesita redonda y anticuada que sacaban sobre la alfombra

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