—Porque me lo acaba de decir ahora mismo. Dijo que tenía que levantarse y salir a propósito. Dice: «¡Ayudante, tengo que lavarme temprano y ponerme lo más elegante posible, porque voy a dar una vuelta por el Kin-der-gá-rten!»
Separa las sílabas con su entusiasmo anterior y, al no encontrar su sentido de lo ridículo suficientemente aliviado con dar pisotones en la acera, rompe en un baile lento y majestuoso, que tal vez se suponga interpretado por el deán.
Mr. Datchery recibe la comunicación con un rostro muy satisfecho aunque meditabundo, y da por terminada la conferencia.
De regreso en su pintoresco alojamiento, y prolongando largamente la cena de pan y queso, ensalada y cerveza que la señora Tope le ha dejado preparada, sigue sentado una vez terminada la cena.
Por fin se levanta, abre de par en par la puerta de un armario esquinero y consulta unos cuantos trazos torpes hechos con tiza en su interior.
—Me gusta —dice el señor Datchery— el viejo sistema de taberna para llevar las cuentas. Ilegible, salvo para el anotador. El anotador no se compromete, el anotado carga con lo que tiene en contra. ¡Hum; ja! ¡Una cuenta muy pequeña esta; una cuenta muy pobre!
Él suspira contemplando su pobreza, toma un trozo de tiza de uno de los estantes de la alacena y se detiene con él en la mano, sin saber qué más añadir a la cuenta.
“Creo que un golpe moderado”, concluye, “es lo único que tengo justificación para apuntarme”; dicho y hecho, cierra el armario y se va a la cama.
Una mañana brillante brilla sobre la antigua ciudad. Sus antigüedades y ruinas son de una belleza sobrecogedora, con la vigorosa hiedra