Era de una naturaleza tan vengativa y violenta que, de no ser por su pobre hermana, la única que ejercía influencia sobre él y fuera de cuya vista no se le podía fiar jamás, estaría cometiendo asesinatos a diario.
Antes de venir a Inglaterra había hecho azotar hasta la muerte a varios «nativos», personas nómadas que acampaban ora en Asia, ora en África, ora en las Indias Occidentales y ora en el Polo Norte, a quienes en Cloisterham se suponía vagamente que eran siempre negros, siempre de gran virtud, que siempre se llamaban a sí mismos Me y a todos los demás Massa o Missie (según el sexo), y que siempre leían panfletos de índole oscurísima, en un inglés chapurreado, pero comprendiéndolos siempre con exactitud en su más pura lengua materna.
Casi había llevado las canas de la señora Crisparkle a la tumba con el peso del dolor. (Aquellas expresiones originales eran del señor Sapsea).
Había dicho repetidamente que le quitaría la vida al señor Crisparkle. Había dicho repetidamente que le quitaría la vida a todo el mundo, y que se convertiría, de hecho, en el último hombre.
Había sido traído a Cloisterham, desde Londres, por un eminente Filántropo, ¿y por qué? Porque ese Filántropo había declarado expresamente:
«Se lo debo a mis semejantes: él debe estar, en palabras de Bentham, allí donde sea la causa del mayor peligro para el menor número».
Esos disparos perdidos de los trabucos de la estupidez acaso no lo hubieron herido en una parte vital. Pero también tuvo que hacer frente a un fuego bien dirigido y de precisión procedente de armas de precisión. Había amenazado públicamente al joven extraviado y tenía, según el testimonio de su propio y fiel amigo y tutor que tanto se esforzó por él,