No fue sino hasta entonces que John Jasper retomó silenciosamente su lugar en el coro. Demacrado y de ojos enrojecidos, sus esperanzas lo habían abandonado claramente, su estado de ánimo optimista había desaparecido y todos sus peores temores habían regresado.
Uno o dos días después, mientras se quitaba la sotana, sacó su diario de un bolsillo del abrigo, pasó las hojas y, con una mirada elocuente y sin decir una sola palabra, le entregó esta anotación al señor Crisparkle para que la leyera:
“Mi querido muchacho ha sido asesinado. El descubrimiento del reloj y del alfiler de corbata me convence de que lo asesinaron esa noche, y de que le quitaron las joyas para evitar que lo identificaran por medio de ellas. Todas las esperanzas ilusorias que había fundado en su separación de su prometida esposa, las arrojo a los vientos. Perecen ante este descubrimiento fatal. Juro ahora, y consigno el juramento en esta página, que nunca más volveré a hablar de este misterio con ningún ser humano, hasta que tenga el cabo de la madeja en mi mano. Que nunca cederé en mi secreto ni en mi búsqueda. Que echaré la culpa del asesinato de mi querido muchacho muerto sobre el asesino. Y que me consagro a su destrucción”.