con su lápiz y sacando un papel del bolsillo—; aunque ya le he comunicado antes el contenido del testamento de su padre, considero oportuno en este momento dejarle una copia certificada del mismo en sus manos. Y aunque el señor Edwin también está al tanto de su contenido, considero asimismo oportuno en este momento poner una copia certificada del mismo en manos del señor Jasper...
—¿En el suyo no? —preguntó Rosa, levantando la vista rápidamente—. ¿No puede ir la copia a manos del propio Eddy?
—Pues sí, querida mía, si tanto lo deseas; pero yo hablaba del señor Jasper como de su albacea.
—Lo deseo especialmente, por favor —dijo Rosa, con prisa y fervor—; no me gusta que el señor Jasper se interponga entre nosotros de ninguna manera.
—Supongo que es natural —dijo el señor Grewgious—, que su joven esposo lo sea todo para usted. Sí. Notará que digo: «supongo». El caso es que soy un hombre particularmente antinatural, y no lo sé por experiencia propia.
Rosa lo miró con cierta extrañeza.
—Quiero