Fue él quien lo retiró de su mano inconsciente, y fue él quien, cuando su muerte se acercaba mucho, lo puso en la mía. El encargo con el que lo recibí fue que, al llegar usted y la señorita Rosa a la edad adulta, y al prosperar su compromiso y llegar a su madurez, se lo diera para que usted lo colocase en el dedo de ella. De no producirse esos resultados deseados, había de permanecer en mi poder.”
Algo de turbación había en el rostro del joven, y cierta indecisión en el movimiento de su mano, cuando el señor Grewgious, mirándole fijamente, le entregó el anillo.
—El hecho de que se lo pongas en el dedo —dijo el señor Grewgious— será el sello solemne de tu estricta fidelidad a los vivos y a los muertos. Vas a su encuentro para hacer los últimos preparativos irrevocables de vuestro matrimonio. Llévalo contigo.
El joven tomó el estuche pequeño y se lo guardó en el pecho.
—Si algo no marchara bien, si algo estuviera siquiera un poco mal entre ustedes; si albergaran la secreta conciencia de que se están comprometiendo en este paso por ninguna razón más elevada que la de haber estado acostumbrados durante tanto tiempo a esperarlo; entonces —dijo el señor Grewgious—, ¡les ruego una vez más, por los vivos y por los muertos, que me devuelvan ese anillo!
Aquí Bazzard se despertó a sí mismo con sus propios ronquidos; y, como es habitual en tales casos, se quedó sentado mirando fijamente a la nada con aire apopléjico, como retando a la nada a que le acusara de haber estado dormido.
—¡Bazzard! —dijo el señor Grewgious, más inflexible que nunca.
—Le sigo, caballero —dijo Bazzard—, y le he venido siguiendo.