La casa de las monjas
Por razones suficientes, que este propio relato irá revelando a medida que avanza, debe concedérsele un nombre ficticio a la antigua ciudad catedralicia. Que figure en estas páginas como Cloisterham.
Fue en su día posiblemente conocida por los druidas con otro nombre, y ciertamente por los romanos con otro, y por los sajones con otro, y por los normandos con otro; y un nombre más o menos en el transcurso de muchos siglos puede importar poco en sus polvorientas crónicas.
Una antigua ciudad, Cloisterham, y nada apropiada como morada para quien sienta debilidad por el mundanal ruido. Una ciudad monótona y silenciosa, impregnada por todas partes de un sabor a tierra procedente de la cripta de su catedral, y tan abundante en vestigios de tumbas monásticas, que los niños de Cloisterham cultivan pequeños berros en el polvo de abades y abadesas, y hacen tortitas de barro con monjas y frailes; mientras cada arador de sus campos circundantes rinde a antaño poderosos Lores Tesoreros, Arzobispos, Obispos y dignatarios semejantes la atención que el Ogro del cuento deseaba rendir a su inesperado visitante, y muele sus huesos para hacer su pan.
Una somnolienta ciudad, Cloisterham, cuyos habitantes parecen suponer, con una inconsecuencia más extraña que rara, que todos sus cambios han quedado atrás y que no le quedan más por venir. Una extraña moraleja que deducir de la antigüedad, pero más antigua que cualquier antigüedad rastreable.