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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XXII. Se avecina un estado de cosas espinoso

—Las cosas no se pueden poner demasiado pronto en claro —dijo ella, con una franqueza tan elocuente que rayaba en lo impertinente—, en cuanto a que la persona de la ’abitación no es una caja ni tampoco un atado, ni una bolsa de viaje. No, se lo agradezco enormemente, señorita Twinkleton, ni tampoco una pordiosera.

Este último descargo de responsabilidad se refería a que la señorita Twinkleton le había encasquetado distraidamente dos chelines y seis peniques en lugar de dárselos al cochero.

Así abandonada, la señorita Twinkleton preguntó frenética «qué caballero» debía ser pagado.

Como había dos caballeros en esa situación (la señorita Twinkleton había llegado con dos carruajes de alquiler), cada caballero, al recibir su paga, extendió sus dos chelines y seis peniques sobre la palma abierta y, con la mirada muda y la mandíbula caída, expuso su agravio al cielo y a la tierra.

Aterrada por este alarmante espectáculo, la señorita Twinkleton depositó otro chelín en cada mano; al mismo tiempo que apelaba a la ley con acento atolondrado y recontaba su equipaje, esta vez incluyendo a los dos caballeros, lo que dio como resultado una suma por demás complicada.

Mientras tanto, los dos caballeros, mirando fijamente y con descontento el último chelín, como si pudiera convertirse en dieciocho peniques si no le quitaban los ojos de encima, bajaron los escalones de la puerta, subieron a sus carruajes y se alejaron, dejando a la señorita Twinkleton sentada sobre una caja de sombreros y hecha un baño de lágrimas.

La Billickin presenció esta manifestación de debilidad sin simpatía, y dio instrucciones para que «se trajera a un joven» que bregara con el

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