Todo aquel día prosiguió la búsqueda, una vez más. Ya fuera en barcazas y botes; ya en la orilla entre los sauces, o pateando entre lodo, estacas y piedras afiladas en parajes de tierras bajas, donde marcas solitarias de crecidas y señales de extrañas formas se aparecían como espectros, John Jasper bregó y se afanó.
Pero sin fruto; pues aún ningún rastro de Edwin Drood volvió a ver la luz del sol.
Poniendo sus relojes a la hora para aquella noche de nuevo, de modo que se mantuvieran ojos avizores en cada cambio de marea, se fue a casa exhausto.
Desaliñado y desordenado, embarrado con lodo que se le había secado encima, y con gran parte de su ropa hecha girones, apenas acababa de dejarse caer en su sillón orejero, cuando el señor Grewgious se plantó ante él.
—Esta es una noticia extraña —dijo el señor Grewgious.
“Noticias extrañas y temibles”.
Jasper se había limitado a levantar los pesados ojos para decirlo, y ahora los dejó caer de nuevo mientras se desmoronaba, agotado, sobre un lado de su sillón orejero.
El señor Grewgious se alisó la cabeza y la cara, y se quedó mirando el fuego.
—¿Cómo está su pupila? —preguntó Jasper, al cabo de un rato, con voz débil y fatigada.
“¡Pobre pequeña! Podéis imaginar su estado.”
—¿Has visto a su hermana? —preguntó Jasper, como antes.