la difícil profesión de la abogacía, en especial, y de que, por supuesto, me guío por el consejo de semejante amigo y ayudante. ¡Semejante buen amigo y ayudante!»
Retiró la mano reconfortante de su hombro y la besó. El señor Crisparkle sonrió a los libros, pero no con tanta intensidad como cuando había entrado.
—Deduzco por su silencio al respecto que mi difunto tutor es contrario, ¿señor Crisparkle?
El Canónigo Menor respondió: «Su difunto tutor es un... una persona de lo más irracional, y a cualquier persona sensata le importa un bledo si es adverso, perverso o reverso».
—¡Pues para mí, que tengo bastante con lo justo para vivir —suspiró Neville, medio con cansancio y medio con alegría—, mientras espero a instruirme y a que se me haga justicia! ¡Si no, bien podría haber demostrado el refrán de que, mientras la hierba crece, el corcel se muere de hambre!
Abrió algunos libros mientras lo decía, y pronto quedó sumergido en sus pasajes intercalados y anotados; mientras el señor Crisparkle se sentaba a su lado, exponiendo, corrigiendo y aconsejando.
Los deberes catedralicios del Canónigo Menor hacían que estas visitas suyas fueran difíciles de realizar, y solo lograba concretarlas a intervalos de muchas semanas. Pero eran tan útiles como preciosas para Neville Landless.
Cuando hubieron terminado con los estudios que tenían entre manos, se quedaron de pie, apoyados en el alféizar de la ventana, mirando hacia el pequeño jardín.
—La semana próxima —dijo el señor Crisparkle—, dejarás de estar solo y tendrás un compañero devoto.