demasiado flagrantemente poco femenina, como para señalarla), descendimos de nuestra elevación de doncellas para debatir este tema impropio y desalineado. Habiéndonos asegurado las averiguaciones pertinentes de que no era sino una de esas «vanidades sutiles» a las que apunta el Poeta (cuyo nombre y fecha de nacimiento la señorita Giggles proporcionará en el plazo de media hora), habríamos de descartar ahora el tema, y concentrar nuestras mentes en las gratas labores del día.
Pero el asunto sobrevivió de todos modos durante todo el día, a tal punto que la señorita Ferdinand se metió en un nuevo lío al ponerse clandestinamente un bigote de papel a la hora de la cena y fingir que apuntaba con una botella de agua a la señorita Giggles, quien sacó una cuchara sopera en su defensa.
Ahora bien, Rosa pensó mucho en esta desafortunada pelea, y lo hizo con la incómoda sensación de estar envuelta en ella, ya fuera como causa, consecuencia o lo que fuere, debido a encontrarse en una situación del todo falsa en lo que respecta a su compromiso matrimonial.
Jamás libre de tal inquietud cuando estaba con su prometido, no era probable que se librara de ella cuando estaban separados. Hoy, además, se hallaba replegada sobre sí misma y privada del desahogo de hablar con total libertad con su nueva amiga, debido a que la disputa había sido con el hermano de Helena, y esta evitaba abiertamente el tema por considerarlo delicado y difícil para ella.
En este momento crítico, de todos los momentos posibles, se anunció la llegada del tutor de Rosa para verla.
Mr. Grewgious había sido bien elegido para desempeñar su cargo, por tratarse de un hombre de incorruptible integridad, pero ciertamente por ninguna otra cualidad apropiada discernible a simple vista.