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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XII. Una noche con Durdles

Una noche con Durdles

Cuando el señor Sapsea no tiene nada mejor que hacer, hacia el atardecer, y descubre que la contemplación de su propia profundidad se vuelve un tanto monótona a pesar de la inmensidad del tema, suele dar un paseo por el recinto de la catedral y sus alrededores.

Le gusta pasar por el cementerio con un aire inflado de propiedad, y fomentar en su pecho una especie de sentimiento de benévolo propietario, en virtud de haber sido generoso con aquella inquilina meritoria que fue la señora Sapsea, y haberle concedido públicamente un premio.

Le gusta ver una que otra cara extraña mirando a través de las verjas y tal vez leyendo su inscripción. Si se cruza con un desconocido que sale del cementerio a paso ligero, está moralmente convencido de que el desconocido «se retira ruborizado», tal como manda el monumento.

La importancia del señor Sapsea se ha visto acrecentada, pues se ha convertido en alcalde de Cloisterham. > Sin alcaldes, y muchos de ellos, es indiscutible que todo el armazón de la sociedad⁠—el señor Sapsea confía en haber inventado esa enérgica figura⁠—se vendría abajo. Ha habido alcaldes a los que se ha nombrado caballeros por «subir» con discursos: máquinas explosivas que disparan intrepidez, metralla y granadas contra la gramática inglesa. El señor Sapsea bien puede «subir» con un

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