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nydus/The Mystery of Edwin DroodPublic
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XIX. Sombra en el cuadrante solar

tu maestro de música se apoye ociosamente en un pedestal y hable contigo, recordando todo lo que ha sucedido y la parte que a cada uno nos cupo en ello. Siéntate, amor

Habría ido una vez más⁠—estuvo a punto de irse⁠—, y una vez más el rostro de él, amenazando oscuramente con lo que sucedería si ella se iba, la ha detenido. Mirándolo con la expresión del instante congelada en el rostro, vuelve a sentarse en el banco.

“Rosa, aun cuando mi querido muchacho estaba desposado contigo, te amaba con locura; aun cuando creía que su dicha al tenerte por esposa era segura, te amaba con locura; aun cuando me esforcé por hacer que él se entregara a ti con mayor fervor, te amaba con locura; aun cuando él me dio el retrato de tu lindo rostro, tan descuidadamente difamado por él, que fingí colgar siempre a la vista por su amor, pero al que adoré en medio del tormento durante años, te amaba con locura; en la desagradable labor del día, en la insomne miseria de la noche, cercado por sórdidas realidades, o vagando por Paraísos e Infiernos de visiones a los que me precipité, llevando tu imagen en brazos, te amaba con locura”.

Si algo pudiera hacer que sus palabras le resultaran más aborrecibles de lo que ya son en sí mismas, sería el contraste entre la violencia de su mirada y su forma de expresarse, y la compostura de su actitud fingida.

“Lo soporté todo en silencio. Mientras fuiste suya, o mientras supuse que lo eras, oculté mi secreto con lealtad. ¿No fue así?”

Esta mentira, tan burda, mientras que las meras palabras con las que se cuenta son tan verdaderas, es más de lo que Rosa puede soportar. Ella responde con ardiente indignación: > «Usted fue tan falso de principio a fin, señor, como lo es ahora. Fue falso con él, a diario y a cada hora. Sabe

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