“La señorita Brobity mantenía en ese entonces lo que, no llamaré el establecimiento rival del establecimiento de enfrente, la Casa de las Monjas, sino que llamaré el otro establecimiento paralelo en la parte baja de la ciudad.
El mundo aseguraba que ella mostraba una pasión por asistir a mis subastas, cuando estas tenían lugar en los medios días festivos o en época de vacaciones.
El mundo difundía que ella admiraba mi estilo.
El mundo notaba que, a medida que el tiempo transcurría, mi estilo se dejaba rastrear en los dictados de las alumnas de la señorita Brobity.
Joven, surgió incluso el rumor, con oscura inquina, de que un rústico (un padre de familia) ignorante y obnubilado se había comprometido tanto como para objetarlo por su nombre.
Pero yo no creo esto. Pues, ¿es acaso probable que criatura humana alguna en su sano juicio se expusiera de tal modo a ser señalada por lo que yo llamo el dedo del desprecio?”
El señor Jasper menea la cabeza. Ni lo más mínimo probable. El señor Sapsea, en un estado grandilocuente de distracción, parece volver a llenar la copa de su visitante, que ya está llena; y vuelve a llenar de verdad la suya propia, que está vacía.
“El ser de la señorita Brobity, joven, estaba profundamente imbuido de homenaje al Intelecto. Ella veneraba el Intelecto cuando este se lanzaba, o, como yo suelo decir, se precipitaba, sobre un amplio conocimiento del mundo. Cuando le hice mi propuesta, ella me hizo el honor de quedar tan ensombrecida por una especie de Pavor, que solo fue capaz de articular las dos palabras: «¡Oh, Tú!», refiriéndose a mi persona.