—Dios os bendiga y os lo pague. ¡Que el Señor prospere un negocio donde a una pregunta cortés, incluso de un pobre infeliz, se le responde con tanta cortesía!
—¡No se me escapa dos veces! —repite la pobre criatura en la calle, y no de forma muy amable.
—La última vez os perdí por donde aquel ómnibus en el que subisteis, casi al final de vuestro viaje, hacía el trayecto entre la estación y el lugar. Ni siquiera estaba seguro de que hubierais seguido derecho hasta el lugar. Ahora sé que lo hicisteis. Caballero mío de Cloisterham, estaré allí antes que vos y aguardaré vuestra llegada. ¡He jurado que no se me escapará dos veces!
De acuerdo con esto, esa misma tarde la pobre alma se detiene en la calle mayor de Cloisterham, contemplando los muchos y pintorescos hastiales de la Casa de las Monjas, y matando el tiempo como mejor puede hasta las nueve; hora en la que tiene razones para suponer que los pasajeros del ómnibus que llega pueden ser de su interés.
La amigable oscuridad, a esa hora, le facilita comprobar si esto es así o no; y así es, pues el pasajero que no hay que perderse por segunda vez llega entre los demás.
“Ahora déjame ver qué será de ti. ¡Anda!”
Una observación dirigida al aire, y sin embargo podría ir dirigida al pasajero, con tanta docilidad prosigue este por la calle Mayor hasta llegar a un portalón arqueado, en el que se desvanece de manera imprevista. La pobre mujer apresura el paso; es veloz, y está a punto de alcanzarlo al entrar bajo el portalón; pero solo ve una escalera de postigo a un lado y, al otro, una antigua sala abovedada en la que un caballero canoso y