“No puedo decidir aún si es prudente mantener una comunicación abierta en las circunstancias actuales, y por parte del miembro femenino de la presente compañía, con el señor Neville o la señorita Helena.
Tengo razones para saber que un amigo local nuestro (al que ruego dedicarle una maldición pasajera pero ferviente, con el amable permiso de mi amigo reverendo) merodea de aquí para allá y anda al acecho. Cuando no lo hace él mismo, puede tener a algún informador acechando en la persona de un sereno, un portero o algún parásito similar de Staple.
Por otra parte, la señorita Rosa desea con toda naturalidad ver a su amiga la señorita Helena, y parecería importante que al menos la señorita Helena (si no también su hermano a través de ella) sepa en privado de labios de la señorita Rosa lo que ha ocurrido y lo que se ha amenazado.
¿Hay acuerdo general con respecto a las opiniones que sostengo?”
—Enteramente coincido con ellos —dijo el señor Crisparkle, que había estado muy atento.
—Como no dudo que lo haría —añadió el señor Tartar, sonriendo—, si los entendiera.
—Despacio y con buena letra, caballero —dijo el señor Grewgious—; dentro de un momento depositaremos nuestra total confianza en usted, si nos concede el favor de su permiso. Ahora bien, si nuestro amigo local tuviera algún informante en el lugar, es bastante evidente que dicho informante solo puede haber sido puesto a vigilar las habitaciones ocupadas por el señor Neville. Al informar este a nuestro amigo local sobre quién entra y sale de allí, nuestro amigo local deduciría por sí mismo, a partir de sus conocimientos previos, la identidad de las personas. Nadie puede ser asignado para vigilar todo Staple, ni para interesarse por quienes entran y salen de otros conjuntos de habitaciones: a menos