disculpas a la señora Tope cuando esta se vio en la obligación de corregirlo en cada detalle de su resumen de los hechos, pero alegó que él no era más que un viejo holgazán que se ganaba la vida con sus rentas tan ociosamente como podía, y que tanta gente se deshacía tan constantemente de tanta otra gente, que le resultaba difícil a un holgazán de temperamento apacible conservar sin mezclar en su mente las circunstancias de los distintos casos.
Habiéndose mostrado dispuesto el señor Jasper a hablar por la señora Tope, el señor Datchery, que había enviado su tarjeta, fue invitado a subir por la escalera de servicio. El alcalde estaba allí, según dijo la señora Tope, pero no debía considerarse en calidad de visita, ya que él y el señor Jasper eran grandes amigos.
—Pido perdón —dijo el señor Datchery, haciendo una reverencia con el sombrero bajo el brazo mientras se dirigía por igual a ambos caballeros—; una precaución egoísta por mi parte y que no le interesa personalmente a nadie más que a mí. Pero como rentista que vive de sus medios, y con la idea de hacerlo en este encantador lugar en paz y tranquilidad por el resto de mi vida, ruego preguntar si la familia Tope es completamente respetable.
El señor Jasper pudo responder por eso sin la menor vacilación.
—Basta por hoy, caballero —dijo el señor Datchery.
—Mi amigo el alcalde —añadió el señor Jasper, presentando al señor Datchery con un hidalgo ademán de su mano hacia aquel potentado—, cuya recomendación es en realidad mucho más importante para un extraño que la de una persona oscura como yo, testificará a su favor, estoy seguro.
—El muy ilustre señor alcalde —dijo míster Datchery con una profunda reverencia—, me contrae una deuda infinita.