debían de verla muy pequeña y muy desvalida, en contraste con aquella figura fuerte que habría podido tomarla en vilo y sacarla de cualquier peligro, leguas y leguas sin descansar.
Ella seguía pensando que sus ojos azules y clarividentes parecían acostumbrados a vigilar el peligro desde lejos, y a vigilarlo sin pestañear, mientras se iba acercando más y más: cuando, al cascarse la casualidad de levantar los suyos propios, descubrió que él parecía estar pensando algo acerca de ellos.
Esto dejó un poco confusa a Rosebud, y tal vez explique por qué nunca después supo muy bien cómo ascendió (con su ayuda) a su jardín en el aire, y pareció adentrarse en un país maravilloso que floreció de repente como el país en la cima de la planta de habichuelas mágica.
¡Que florezca para siempre!