Mucho más cerca de los sesenta años que de los cincuenta, con una airosa silueta de vientre y pliegues horizontales en el chaleco; con fama de rico; votando en las elecciones por el sector estrictamente respetable; moralmente convencido de que nada, salvo él mismo, ha crecido desde que era un bebé; ¿cómo puede el tontaina de Mr. Sapsea ser otra cosa que un honor para Cloisterham y para la sociedad?
La propiedad del señor Sapsea está en la Calle Mayor, enfrente de la Casa de las Monjas. Es más o menos de la época de la Casa de las Monjas, modernizada de manera irregular aquí y allá, a medida que las generaciones en progresiva decadencia encontraban, cada vez más, que preferían el aire y la luz a las fiebres y la peste.
Sobre el dintel de la puerta hay una efigie de madera, de aproximadamente medio tamaño natural, que representa al padre del señor Sapsea, con peluca rizada y toga, en actitud de subastar. La pureza de la idea y la naturalidad con que están hechos el dedo meñique, el martillo y el atril han sido muy admiradas.
Mr. Sapsea se sienta en su apagada sala de la planta baja, que da primero a su patio trasero pavimentado y luego a su jardín delimitado por una verja.
Mr. Sapsea tiene una botella de vino de Oporto en una mesa frente al fuego —el fuego es un lujo temprano, pero agradable en la fresca y fría tarde de otoño— y está acompañado, muy a su manera, por su retrato, su reloj de ocho días y su barómetro.
Muy a su manera, porque él se sostendría contra la humanidad, su barómetro contra el tiempo atmosférico, y su reloj contra el tiempo.
Al lado del señor Sapsea, sobre la mesa, hay un escritorio y recados de escribir. Echando una ojeada a un trozo de manuscrito, el señor Sapsea lo lee para sí con un aire arrogante y luego, paseando lentamente por la