Jasper opina que semejante precisión «es un regalo».
—No lo aceptaría ni como regalo —replica Durdles, tomándose el comentario a muy mala manera—. Yo me lo he currado por mi cuenta. Durdles adquiere sus conocimientos escarbando hondo para encontrarlos, y arrancándolos de raíz cuando no quieren salir. ¡Eh, tú, Deputy!
“¡Widdy!” es la respuesta estridente del Ayudante, apartándose de nuevo.
«Coge ese medio penique. Y que no vuelva a verte el pelo esta noche, después de que lleguemos al Dos Peniques de los Viajeros».
—¡Advertencia! —replica Deputy, tras haber atrapado el medio penique, y pareciendo expresar con esta mística palabra su asentimiento al arreglo.
No tienen más que cruzar lo que antaño fue el viñedo, perteneciente a lo que antaño fue el Monasterio, para adentrarse en el callejón trasero y angosto donde se levanta la destartalada casa de madera de dos plantas bajas conocida hoy en día como el Dos Peniques del Viajero:—una casa torcida y deforme por completo, como la moral de los viajeros, con escasos vestigios de un porche de celosía sobre la puerta y también de una cerca rústica ante su pisoteado jardín; debido a que los viajeros están tan apegados al lugar por un tierno sentimiento (o son tan aficionados a encender una hoguera junto al camino en el transcurso del día), que jamás se les puede convencer ni amenazar para que se vayan sin que se adueñen por la fuerza de algún nomeolvides de madera y se lo lleven.
Se intenta dar la apariencia de una posada a este mísero lugar mediante fragmentos de cortinajes rojos convencionales en las ventanas, trapos que se vuelven turbio y tenuemente transparentes durante la noche gracias a débiles luces de junco o pabilo de algodón que arden