(cuyo nombre callaré)— antes de hablar. Luego había continuado diciendo que todos los presentes encontrarían, en la primera página del catálogo que tenían ante sí, en el último párrafo antes del primer lote, las siguientes palabras: «Vendido en virtud de un mandamiento de ejecución librado por un acreedor». A continuación había procedido a recordar a mis amigos que, por frívolo, por no decir despreciable, que fuera el negocio mediante el cual un hombre reunía sus bienes, estos seguían siendo tan queridos para él, y tan baratos para la sociedad (si se vendían sin reserva), como si sus ocupaciones hubiesen sido de un carácter digno de seria contemplación. Luego había dividido mi texto (si se me permite llamarlo así) en tres partes: * primero, Vendido; * segundo, En virtud de un mandamiento de ejecución; * tercero, Librado por un acreedor; con unas cuantas reflexiones morales sobre cada una, y rematando con un «Ahora, pasemos al primer lote» de una manera que fue alabada cuando más tarde me mezclé
Así pues, no estando seguro de en qué términos nos encontrábamos Kimber y yo, me muestro grave, glacial. Kimber, sin embargo, acercándose a mí, yo me acerqué a Kimber.
(Yo era el acreedor que había emitido la orden judicial. No es que importe.)
—Aludía yo, mister Sapsea —dijo Kimber—, a un desconocido que entabló conversación conmigo en la calle cuando venía al Club. Había estado hablando con usted poco antes, al parecer, junto al cementerio; y aunque usted le había dicho quién era, apenas pude convencerle de que no ocupaba usted un alto cargo en la Iglesia.