tan intensa en ella —la sensación de no estar a salvo de él, y de que los sólidos muros del viejo convento eran impotentes para mantener fuera a su fantasmal persecución— que ningún razonamiento propio podía calmar sus terrores. La fascinación de la repulsión la había dominado durante tanto tiempo, y ahora culminaba de un modo tan siniestro, que sentía como si él tuviera el poder de atarla con un sortilegio. Al mirar por la ventana, incluso ahora, mientras se levantaba para vestirse, la visión del reloj de sol en el que él se había apoyado cuando le declaró sus sentimientos la heló, haciéndola retroceder con repulsión, como si él lo hubiera investido de alguna cualidad terrible procedente de su propia naturaleza.
Escribió una apresurada nota a la señorita Twinkleton, diciendo que tenía un motivo repentino para desear ver a su tutor con prontitud, y que había ido a verlo; rogando además a la buena señora que no se inquietara, pues todo iba bien con ella.
Metió a toda prisa unos cuantos artículos totalmente inútiles en un bolsito, dejó la nota en un lugar visible y salió, cerrando suavemente la cancela tras de sí.
Era la primera vez que se encontraba, siquiera, en la Calle Mayor de Cloisterham, sola. Pero como conocía muy bien todas sus costumbres y vericuetos, se apresuró directamente hacia la esquina de la que partía el ómnibus. Estaba, en ese mismo momento, saliendo.
“Para y llévame, si te place, Joe. Tengo la obligación de ir a Londres”.
En menos de otro minuto iba camino de la estación, bajo la protección de Joe. Joe la atendió cuando llegaron, la metió con seguridad en el vagón del tren y le entregó la bolsísima después de ella, como si fuera un baúl enorme, de cientos de libras de peso, que ella no debiera intentar levantar bajo ningún concepto.