equipaje. Cuando aquel gladiador hubo desaparecido de la arena, sobrevino la paz y los nuevos huéspedes cenaron.
Pero la Billickin había llegado a saber de algún modo que la señorita Twinkleton tenía una escuela. El salto de ese conocimiento a la deducción de que la señorita Twinkleton se empeñaba en enseñarle algo fue fácil.
«Pero no lo haces —se soliloquiaba la Billickin—; yo no soy tu discípula, por mucho que ella —refiriéndose a Rosa— lo sea, ¡pobre criatura!»
La señorita Twinkleton, por su parte, habiendo cambiado de vestido y recuperado el ánimo, estaba animada por un apacible deseo de aprovechar la ocasión en todos los sentidos, y de ser un modelo tan sereno como fuera posible.
En un feliz compromiso entre sus dos estados de existencia, ya se había convertido, con su costurero ante ella, en la compañera ecuánimemente vivaz con un ligero y prudente toque de información, cuando la Billickin se anunció.
“No os ocultaré, señoras —dijo el B., envuelto en el chal de gala—, pues no es mi carácter ocultar ni mis motivos ni mis acciones, que me tomo la libertad de asomarme para expresar la ’esperanza de que vuestra comida haya sido de vuestro agrado. Aunque no sea una cocinera Profesional sino Ordinaria, su salario debería ser un incentivo suficiente para estimularla a elevarse por encima del simple asado y hervido”.
—Cenamos muy bien, la verdad —dijo Rosa—, muchas gracias.
—Acostumbradas —dijo la señorita Twinkleton con un aire gracioso que a los celosos oídos de la Billickin pareció añadir «buena mujer mía»—, acostumbradas a una dieta liberal y nutritiva, aunque sencilla y