—Yo nunca he estado río arriba —añadió Rosa.
En menos de media hora estaban enmendando este asunto remontando el río. La marea corría a su favor, la tarde era encantadora.
La barca del señor Tartar era perfecta. El señor Tartar y Lobley (el criado del señor Tartar) llevaban un par de remos. El señor Tartar tenía un yate, según parecía, atracado en algún lugar cerca de Greenhithe; y el criado del señor Tartar estaba a cargo de este yate, habiendo sido destinado a su servicio actual.
Era un hombre de aspecto jovial, con el pelo y las patillas de color leonado, y una gran cara roja. Era la viva imagen del sol en las xilografías antiguas, y su pelo y sus patillas hacían las veces de rayos a su alrededor. Resplandeciente en la proa del bote, constituía una visión brillante, con la camisa de un marino de guerra —puesta o quitada, según se mire— y los brazos y el pecho tatuados con toda clase de motivos. Lobley parecía tomárselo con calma, al igual que el señor Tartar; sin embargo, sus remos se doblaban al remar, y el bote daba sacudidas bajo ellos. El señor Tartar hablaba como si no estuviera haciendo nada, a Rosa, que realmente no hacía nada, y al señor Grewgious, que hacía al menos esto: gobernaba el timón por completo mal; pero ¿qué importaba eso, cuando un giro de la hábil muñeca del señor Tartar, o una simple sonrisa socarrona del señor Lobley por encima de la proa, lo arreglaban todo!
La marea los llevó adelante de la manera más alegre y chispeante, hasta que se detuvieron a cenar en algún jardín eternamente verde, que no necesitaba aquí de ninguna identificación prosaica; y entonces la marea giró amablemente —estando consagrada a aquel grupo en exclusiva por ese día—; y mientras flotaban perezosamente entre unos cenagales de mimbres, Rosa probó lo que podía hacer con los remos, y salió airosa de maravilla, pues recibió mucha ayuda; y el señor Grewgious probó lo que podía hacer, y salió de espaldas, hecho un ovillo con un remo bajo la barbilla, al no recibir ayuda en absoluto.