Hay otros genios con los que el señor Bazzard ha hecho amistad, que también han escrito tragedias, las cuales tampoco nadie consentirá jamás, bajo ningún concepto, en estrenar, y estas almas elegidas se dedican sus obras las unas a las otras de una manera sumamente laudatoria. El señor Bazzard ha sido objeto de una de estas dedicatorias. ¡Ahora bien, ya sabes que a mí nunca me han dedicado ninguna obra!
Rosa lo miró como si hubiera querido que él fuera el destinatario de mil dedicatorias.
—Lo cual, de nuevo, naturalmente, va a contrapelo del señor Bazzard —dijo el señor Grewgious—.
—Es muy seco conmigo a veces, y entonces siento que está meditando: «¡Este troglodita es mi amo! ¡Un tipo que no sabría escribir una tragedia ni bajo pena de muerte, y a quien jamás le dedicarán una con las más halagüeñas felicitaciones por el elevado puesto que ha alcanzado ante los ojos de la posteridad!». Es muy duro, muy duro. Sin embargo, al darle instrucciones, reflexiono de antemano: «Tal vez esto no le guste» o «Podría tomarse a mal que le pida aquello»; y así nos llevamos muy bien. De hecho, mejor de lo que cabría esperar.
—¿Tiene nombre la tragedia, señor? —preguntó Rosa.
—Estrictamente en confianza —respondió el señor Grewgious—, tiene un nombre terriblemente apropiado. Se llama La espina de la ansiedad. Pero el señor Bazzard espera —y yo espero— que al fin vea la luz.
No era difícil adivinar que el señor Grewgious había contado la historia de Bazzard con tanta minuciosidad, al menos tanto para distraer la mente de su pupila del asunto que la había llevado allí, como para dar satisfacción a su propia tendencia a ser sociable y comunicativo.