Alisando el camino
Se ha observado con suficiente frecuencia que las mujeres poseen una curiosa capacidad para adivinar el carácter de los hombres, la cual parecería ser innata e instintiva; dado que no se alcanza mediante ningún proceso paciente de raciocinio, que no puede dar cuenta de sí misma de manera satisfactoria o suficiente, y que emite sus juicios de la manera más tajante aun en contra de la observación acumulada por parte del otro sexo.
Pero no se ha observado con tanta frecuencia que esta facultad (falible, como cualquier otro atributo humano) es por lo general absolutamente incapaz de autocorregirse; y que cuando ha emitido una opinión contraria que, según todas las luces humanas, resulta ser errónea con posterioridad, no se distingue del prejuicio, en lo que respecta a su determinación de no dejarse corregir.
Es más, la mera posibilidad de contradicción o refutación, por remota que sea, transmite a este juicio femenino desde el principio, en nueve de cada diez casos, la debilidad propia del testimonio de un testigo interesado; de un modo tan personal y enérgico que la bella adivina se vincula a sí misma con su propia adivinación.
—Ahora bien, ¿no te parece, querida mamá —le dijo un día el Menor Canónigo a su madre, mientras ella estaba sentada con su labor de punto en su pequeña biblioteca—, que eres un tanto dura con el señor Neville?
—No, no lo soy, Sept —respondió la anciana.
—Hablemos de ello, mamá.