pero ninguna ola pasa bajo el arco, sobre el cual su lámpara arde en rojo tras su cortina, como si el edificio fuera un faro.
Entran, cerrando con llave tras de sí, descienden los escabrosos peldaños y se hallan abajo, en la Cripta. El farol no hace falta, pues la luz de la luna penetra por las ojivas de los ventanales, desprovistas de cristales, cuyos marcos rotos proyectan dibujos sobre el suelo. Los pesados pilares que sostienen el techo generan masas de sombra negra, pero entre ellos hay senderos de luz. Arriba y abajo por estos senderos caminan, mientras Durdles diserta sobre los «viejales» que aún confía en desenterrar, y golpea una pared en la que considera que «una familia entera de ellos» está tapiada y sepultada, exactamente como si fuera un amigo íntimo de la familia. La taciturnidad de Durdles queda superada por el momento gracias a la botella de mimbre de M. Jasper, que circula con libertad;—en el sentido, es decir, de que su contenido entra con libertad en la circulación de M. Durdles, mientras que M. Jasper tan solo se enjuaga la boca una vez y arroja fuera el enjuague.
Han de ascender la gran Torre.
En los peldaños por los que ascienden a la Catedral, Durdles se detiene para tomar nuevo aliento. Los peldaños son muy oscuros, pero desde la oscuridad pueden ver las franjas de luz que han recorrido.
Durdles se sienta en un peldaño. El señor Jasper se sienta en otro.
El olor del frasco de mimbre (que de algún modo ha pasado a poder de Durdles) pronto indica que le han quitado el corcho; pero esto no puede comprobarse mediante el sentido de la vista, ya que ninguno puede divisar al otro. Y sin embargo, al hablar, se vuelven el uno hacia el otro, como si sus rostros pudieran comunicarse.
“¡Esto es bueno de verdad, señor Jarsper!”
“Es muy buena calidad, eso espero.—Lo compré a propósito”.