Que en general se cree que podemos formar dicha escala apenas admite duda. Hay todo un vocabulario de expresiones comunes como: «Me siento casi seguro», «No me siento del todo seguro», «Tengo menos confianza en esto que en aquello», y así sucesivamente. Cuando hacemos uso de cualquiera de estas frases, raramente dudamos de que tenemos un significado claro que transmitir por medio de ella. Ni tampoco nos sentimos muy perdidos, bajo ninguna circunstancia dada, acerca de cuál de estas expresiones deberíamos emplear con preferencia a las otras. Si se nos pidiera ordenar, según la intensidad de la creencia con la que sostenemos cada una de ellas, cosas claramente diferenciadas entre sí, podríamos hacerlo a partir de nuestra propia consciencia de creencia, sin necesidad de recurrir de nuevo a la evidencia de la cual dependía dicha creencia. Dejando a un lado las proposiciones más laxas que se usan en la conversación corriente, tomemos tan solo un ejemplo sencillo de entre aquellos que proporcionan datos numéricos. ¿Acaso no me siento más seguro de que alguien morirá esta semana en todo el pueblo que en la calle en particular en la que vivo?[** TN: space] Y si se sabe que el pueblo contiene una población cien veces mayor que la de la calle, ¿no estaría casi cualquiera preparado para afirmar, tras pensarlo, que se siente cien veces más seguro de la primera proposición que de la segunda? O por tomar un ejemplo no numérico, ¿no somos a menudo capaces de decir sin vacilar cuál de dos proposiciones creemos más, y hasta qué punto aproximado creemos más en una que en la otra, en un momento en que toda la evidencia sobre la que descansa cada una se ha desvanecido de la mente, de modo que cada una debe ser juzgada, por así decirlo, únicamente por sus propios méritos?
He aquí, pues, que se nos plantea un problema. Si la opinión popular, tal como se ilustra en el lenguaje común, es correcta —y, por supuesto, debe atribuírsele un peso muy considerable—, existe en efecto algo a lo que llamamos creencia parcial en relación con cualquier proposición del tipo numérico descrito anteriormente. Ahora bien, lo que queremos hacer es hallar alguna prueba o justificación de esta creencia, obtener de hecho alguna respuesta inteligible a la pregunta: ¿Es correcta? Veremos incidentalmente que la respuesta a esta pregunta arrojará mucha luz sobre otra cuestión casi tan importante y mucho más intrincada, a saber: ¿Cuál es el significado de esta creencia parcial?
§ 18. Nos resultará conveniente comenzar por averiguar cómo se respondería a investigaciones como la anterior en el caso de la creencia plena ordinaria. Tal paso no ofrecería la menor dificultad. Supongamos, para tomar un ejemplo simple, que hemos obtenido la siguiente proposición —ya sea por inducción o por las reglas de la lógica deductiva ordinaria, lo cual no importa para nuestro propósito actual— de que cierta mezcla de oxígeno e hidrógeno es explosiva.
Aquí tenemos una inferencia y la consiguiente creencia en una proposición. Supongamos ahora que hubiera alguna indagación sobre si nuestra creencia es correcta, ¿qué haríamos? La manera más sencilla de resolver la cuestión sería averiguar mediante un recurso claro a la experiencia si la proposición era verdadera. Puesto que estamos razonando acerca de las cosas, la justificación de la creencia, es decir, la prueba de su corrección, se hallaría más fácilmente en la verdad de la proposición.
Si por algún proceso de inferencia he llegado a creer que cierta mezcla explotará, considero que mi creencia está justificada, es decir, que es correcta, si bajo las circunstancias adecuadas la explosión efectivamente ocurre siempre; si no ocurre, la creencia era errónea.
Semejante respuesta, sin duda, avanza muy poco, o más bien nada en absoluto, hacia la explicación de cuál es la naturaleza de la creencia en sí misma; pero es suficiente para nuestro propósito actual, que es meramente el