clase demasiado estrecha. Y sin embargo, evitamos tales extremos. John Smith no es sólo un inglés; puede ser también oriundo de tal región de Inglaterra, vivir en tal Presidencia, y así sucesivamente. Podría sacarse a relucir un número indefinido de tales características adicionales, muchas de las cuales tienen de todos modos alguna relación con la cuestión de la vitalidad. ¿Por qué rechazamos toda consideración de estas clases más estrechas? Las rechazamos, pero por lo que puede llamarse una razón más práctica que teórica. Tal como se explicó en los primeros capítulos, es esencial que nuestras series contengan un número considerable de términos si han de sernos de alguna utilidad. Ahora bien, muchos de los atributos de cualquier individuo son tan raros que tenerlos en cuenta iría en contra del supuesto fundamental de nuestra ciencia, a saber: que nos ocupamos propiamente sólo de los promedios de grandes números. Cuanto más especiales y minuciosas sean nuestras estadísticas, tanto mejor, siempre y cuando podamos conseguir suficientes y completar así el gran número necesario de casos. Esto es, sin embargo, imposible en muchos casos. Nos vemos por tanto obligados a omitir un atributo tras otro y a ampliar así el contenido de nuestra clase, a riesgo declarado de una variedad e inadecuación algo mayores en sus miembros, pues en cada paso de este tipo nos apartamos cada vez más del tipo de casos que realmente deseamos. Seguimos haciéndolo así hasta que dejamos de ganar en cantidad más de lo que perdemos en calidad. Finalmente, nos plantamos en el punto en el que obtenemos por primera vez estadísticas extraídas de un abanico de observación suficientemente amplio como para asegurar el grado requerido de estabilidad y uniformidad.
§ 20. En un ejemplo como el que acabamos de mencionar, en el que una de las clases sucesivas —el hombre— es un género natural o especie bien definido, se produce una ruptura tan completa en ambas direcciones en este punto, que cualquiera se siente impulsado a adoptar su postura aquí.
Por un lado, a ningún investigador se le ocurriría jamás introducir ninguna referencia a las clases superiores con menos atributos, como animal o ser organizado; y, por otro lado, las clases inferiores, creadas al reparar en su empleo o lugar de residencia, etc., por regla general no difieren lo suficiente en sus características de la clase hombre como para que valga la pena prestarles atención.
De vez en cuando, en efecto, estas características adquieren importancia, y siempre que esto ocurre concentramos nuestra atención en la clase a la que corresponden, es decir, la clase que queda delimitada por su presencia. Así, por ejemplo, la cualidad de tísico separa a cualquier individuo de forma tan amplia de la mayoría de sus semejantes en todas las cuestiones relativas a la mortalidad, que las estadísticas sobre la vida de los hombres tísicos difieren sustancialmente de aquellas que se refieren a los hombres en general. Y vemos el resultado; si un hombre tísico consigue contratar un seguro, debe hacerlo por una prima mucho más alta, calculada según sus circunstancias especiales. En otras palabras, el atributo es lo suficientemente importante como para delimitar una nueva clase o serie. Lo mismo ocurre con el seguro contra accidentes. En realidad, no se intenta fijar una tarifa especial de seguro para los miembros de cada oficio por separado, pero las diferencias de riesgo a las que están expuestos nos obligan a tener tales hechos en cierta medida en cuenta. Por lo tanto, los oficios se dividen grosso modo en dos o tres clases, tales como el ordinario, el peligroso y el extrapeligroso, teniendo cada uno que pagar su propia tarifa de prima.
§ 21. Cuando una u otra de las clases así consideradas corresponde a tipos naturales, o entraña distinciones de importancia coordinada con las de los tipos naturales, el proceso no es difícil; casi siempre hay alguna de estas clases que es reconocida de un modo tan universal como la apropiada, que la mayoría de las personas no son